Ha pasado un año, y parece una eternidad

Esta semana vuelvo a BDX I/O, en Burdeos. Tengo dos charlas que dar, mucha gente a la que tengo ganas de volver a ver, y bastantes cosas en la cabeza.
El año pasado hablé allí del futuro del oficio de desarrollador. De la llegada de los LLM, de lo que estaban cambiando en nuestra forma de trabajar, y de esa pregunta que aparecía por todas partes: ¿seguiremos necesitando desarrolladores?
Para tomar un poco de perspectiva, contaba las otras revoluciones por las que ya había pasado nuestro oficio. Los compiladores, los terminales, los lenguajes de alto nivel, todas esas cosas que en su momento ya habían anunciado el fin de los programadores.
Y contaba las historias de mi padre.
Me hablaba de la llegada del terminal en los años setenta. De la época en la que los desarrolladores, bueno, los analistas-programadores, escribían su código en papel antes de que otras personas lo tecleasen. De aquellos que llevaron muy, muy mal tener que teclear ellos mismos su código. Un «trabajo de secretaria».
También me contaba las reticencias ante lenguajes como Fortran o COBOL, «demasiado simples», «demasiado parecidos al inglés» o «poco eficientes», por parte de quienes habían aprendido a programar en ensamblador.

Me encantaban esas historias. Para empezar, porque era mi padre quien me las contaba. Y porque, escuchando algunas discusiones sobre la IA, a veces tenía la impresión de volver a oírlas, con otro vocabulario.
Después de la charla, prolongué esa reflexión en una serie de seis artículos, Rewriting the Role. Los he releído mientras preparaba esta vuelta a Burdeos.
Es curioso releer todo eso casi un año después.
Ha pasado un año, y parece una eternidad para el mundo del desarrollo.
No creo que estuviera tan desencaminado. El desplazamiento de nuestro trabajo, de escribir código a expresar la intención, diseñar, verificar, lo veía venir. Las preguntas sobre el aprendizaje, sobre en qué se convierte la experiencia cuando la máquina puede producir el código, ya me las hacía.
Pero, aun viendo la dirección, no había calibrado lo brutal que iba a ser el cambio.
Hoy sigo desarrollando, sin teclear código.
Y sigo disfrutando como un enano. Quizá más que nunca. Sigo teniendo esas ganas de crear cosas en mi ordenador, de partir de una idea, de buscar cómo hacer que funcione, de ver aparecer algo que no existía unas horas antes. Paso mucho menos tiempo tecleando, pero me sigo sintiendo desarrollador.
Y luego está lo que veo a mi alrededor.
En Clever Cloud trabajo con algunos de los mejores desarrolladores que he conocido nunca. Gente cuyos conocimientos, experiencia y comprensión de los sistemas en los que trabajan admiro. Los he visto abrazar este cambio, experimentar, y conseguir juntos algo que un año antes me habría parecido impensable.
Sustituir en apenas cuatro meses todas las API heredadas, construidas poco a poco durante quince años.
El corazón del reactor, como dicen los franceses. Sustituido mientras el reactor seguía funcionando.
Sinceramente, me sigue dejando impresionado cada vez que lo pienso.
Pero también veo a compañeros desarrolladores para quienes esta etapa es dolorosa.
Gente a la que le encanta escribir código. A la que le gusta buscar una implementación, trabajarla, encontrar la forma adecuada de expresar una idea en un lenguaje. Para quienes escribir ese código es una parte importante del placer de su oficio.
Cuando dicen que la IA les ha robado lo que les gustaba de su trabajo, los entiendo.
Puedo contar todas las revoluciones anteriores, explicar que el oficio sigue, que las competencias se desplazan. Eso no hace que lo que sienten sea menos real. Y mi entusiasmo no les devuelve ese placer que sienten que están perdiendo.
Hay una forma de duelo en todo eso. Por una manera de trabajar, y quizá también por una manera de reconocerse en el propio oficio.
Hoy, las historias de mi padre me hacen pensar de otra forma. Entiendo mejor a quienes llevaron mal esos cambios. Cuando has pasado años aprendiendo y queriendo una forma de hacer las cosas, verla desaparecer puede doler, aunque lo que llegue después abra un montón de posibilidades.
Y esa palabra, duelo, me toca mucho en este momento.
Ha pasado un año, y parece una eternidad también para mi vida.
Mi padre murió de repente en febrero.
Fue mi inspiración para aquella charla, pero también mi inspiración para hacerme desarrollador, y para tantas otras cosas en mi vida. Todavía me cuesta hacer su duelo.
El viernes, después de BDX I/O, me voy a España para depositar sus cenizas en el panteón de sus padres, en Asturias.
Así que volver a Burdeos, volver a esa conferencia en la que el año pasado contaba sus historias, por fuerza me remueve algo.

No pongo estas pérdidas al mismo nivel. Pero esta semana se cruzan en mi cabeza. Y cambian también mi forma de escuchar a la gente que me habla de lo que echa de menos.
Y sin embargo, con todo esto, quiero que esta entrada hable también de esperanza. Porque ese entusiasmo por lo que viene lo sigo llevando dentro.
Quizá sea en parte generacional. Crecí en los años ochenta y a principios de los noventa, con una relación con el futuro en la que la ciencia y el progreso eran sobre todo promesas. Íbamos a encontrar soluciones. Íbamos a descubrir cosas extraordinarias. La singularidad, en mi imaginario, tenía algo fascinante.
Por supuesto, ya estaba Terminator. Luego llegó Matrix. Esas historias también las conozco.
Pero siempre he querido creer que podríamos ir más bien hacia un mundo a lo Star Trek. Un mundo en el que habríamos dejado atrás buena parte de la escasez material, en el que una humanidad más unida habría vencido a algunos de sus demonios, y podría dedicar su energía a explorar, a comprender, a extenderse por las estrellas.
Sí, dicho así, quizá suene un poco soñador. Me va bastante bien.
No sé qué futuro vamos a construir. Veo los motivos para preocuparse. Veo también a gente con talento crear cosas que hace un año habrían estado fuera de su alcance, y yo mismo siento ese placer de poder dar vida a más ideas.
Eso me da ganas de seguir. De desarrollar, de aprender, de compartir lo que descubro. Y de tomarme en serio lo que esta transformación les hace vivir a los demás, incluso cuando su experiencia es muy distinta de la mía.
Esta semana voy a reencontrarme con desarrolladores en Burdeos y a hablar de servidores MCP y de arquitectura cloud. Después cogeré la carretera hacia Asturias con las cenizas de mi padre.
Me habría gustado poder contarle todo esto. Lo que conseguimos construir ahora, las cosas que me sorprenden, las que me hacen pensar. Me habría gustado oír lo que opinaba.
Ha pasado un año, y parece una eternidad.
Y sigo teniendo ganas de ver lo que viene.